o resolveré por la vía correspondiente.
Pero nuestra relación terminó.
No era la escena que esperaba.
Él esperaba lágrimas, ruegos o una disculpa.
Esperaba verme con una cubeta en la mano limpiando el baño de su madre para salvar el matrimonio que acababa de usar como amenaza.
—No me puedes dejar en la calle —dijo.
—Tu mamá tiene departamento.
Doña Elvira se puso de pie de golpe.
De pronto la presión y el dolor de espalda habían desaparecido.
—¡Mi departamento ya está comprometido!
—Entonces cancele el contrato.
—¡Hay una penalización!
—Eso debieron pensarlo antes de ofrecer como casa alterna una propiedad que no es suya.
Sergio se llevó las manos a la cabeza.
—Mamá, ¿qué hiciste con el depósito?
Doña Elvira lo miró.
—¡Tú lo tienes!
Ahí apareció la parte que ninguno quería contar.
—¿Qué hiciste con el depósito? —pregunté.
—Está en mi cuenta.
—Entonces devuélvelo.
No respondió.
Doña Elvira, furiosa, terminó revelándolo.
—No puede devolverlo completo porque pagó una deuda.
Sergio giró.
—¡Mamá!
—Ya para qué escondes nada.
Debía dinero de tarjetas y había usado parte del depósito para cubrir atrasos.
Su plan era ir reponiéndolo con las mensualidades de renta.
Lo miré.
—¿Cuánto debes?
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