Doña Elvira se enderezó.
Saqué una libreta.
—Catorce mil quinientos pesos mensuales.
Depósito enviado a tu cuenta.
Pintura, ferretería, lámparas y limpieza pagadas parcialmente con mi tarjeta.
—Eso es mentira.
—Yo sí puedo ver mis estados de cuenta.
Doña Elvira intervino:
—¿Y qué tiene? Sergio me ayudó. Es mi hijo.
—Con mi dinero.
—Ay, Laura, por unas latas de pintura no te vas a quedar pobre.
—No se trata de pintura.
Ustedes decidieron que yo pondría el techo, los servicios, la comida y probablemente los medicamentos, mientras ustedes cobraban la renta de su departamento.
Todo sin preguntarme.
Sergio golpeó el brazo del sofá.
—¡Tú ganas bien! ¿Qué te costaba ayudar?
—Ayudar es algo que uno acepta hacer. Esto era aprovecharse.
—Mi mamá tiene sesenta y ocho años.
—Y un departamento propio que renta por catorce mil quinientos pesos.
Doña Elvira cruzó los brazos.
—Ese dinero es para mis gastos.
—Perfecto. Entonces úselo para pagarse dónde vivir.
Sergio se acercó un paso.
Daniel se movió apenas.
—¿Para eso trajiste a tu hermano?
¿Para correrme?
FORTSÄTTNING PÅ NÄSTA SIDA.➡️
